No son sino ilusiones,
que ciegan de emociones,
que ocultan los colores,
¡Que mueran los actores!
miércoles, 25 de enero de 2012
miércoles, 4 de enero de 2012
Parábola del escalador
Hubo una vez un imbatible escalador
que todos los montes del mundo subió.
Ésta era su pasión,
y era casi su definición.
Caminaba a todas partes,
buscando nuevos retos para superarse.
Caminaba y caminó,
hasta que un bosque muy profundo halló.
¿Qué será lo que este bosque esconderá,
que tan oscuro cubre lo que hay detrás?
De esta forma, el amigo de las montañas se apartó de la luz
y durante un indeterminable tiempo caminó recto,
tan recto como era su temperamento.
Ningún cansancio consiguióle invadir
cuando de nuevo la luz anunciaba su porvenir.
El final del bosque casi podía ya tocar
como recompensa de nunca haber mirado atrás.
Un hermoso valle encontró,
en otro mundo aterrizó.
Aquel lugar no aparecía en los mapas,
y podía contemplar, tras la llanura, una montaña.
¡La más grande que vieron sus ojos,
sin duda alguna, la más alta!
Y aunque en su falda ninguna fauna vivía,
su vegetación aumentaba con la altura.
Ya arriba, casi en la cima,
no había piedra, sino espesura.
"¡Por mi orgullo,
que esa montaña yo la subo!",
exclamó para sí.
Mas el milenario bosque que escuchó sus palabras,
quiso anunciarle lo que le esperaba:
"Ningún humano, aún fuerte y preparado,
puede llegar a su cumbre.
El aire es tan mortífero
que cualquier mortal sucumbe."
"En ese caso, bosque de sabiduría,
me detendré antes de la cima.
Aceptaré mis límites como humano,
sin por ello haberme defraudado."
Comenzó entonces, sin ninguna pausa dubitativa,
la escalada más importante que haría en su vida.
Gozoso, dejaba más y más roca detrás,
parecía fácil, no había dificultad.
En fin y al cabo, como él no había nadie más,
era el mejor escalador que hubo y habrá jamás.
Sin embargo, no era tan perfecta su virtuosidad,
cuando en una sola cosa podía pensar:
"Y es que, por más que me esfuerce,
no llegar hasta el final me estremece."
Aún cuando su razón decía:
"Estás haciendo lo mejor, subir,
la única dirección que te hará feliz."
Y así siguió el escalador el dictamen de su razón,
pues no encontró, ni pudiera, mejor elección.
A lomos esta carga mientras de arbustos se encarga,
el montañero siguió subiendo dominado por la montaña.
Ya cuando estaba rodeado de árboles enormes,
cuando sólo se respiraba el aroma de las flores,
como una plaga le invadió su tormento.
"Si la cima no alcanzaré,
¿hasta dónde llegaré?"
Tan distraído estaba en su preocupación,
que, con gran torpeza, con una piedra tropezó.
Tanto había subido, ¡y tanto le quedaba!
Su caída parecía que nunca terminaba.
Pero, para fortuna del desafortunado,
de una roca quedó enganchado por los brazos.
"¡Milagro!", bendijo, "¡Milagro!"
Mas la suerte aquí no había entrado,
la roca sólo cumplía su recado:
"Ante una bifurcación te encuentras,
tú que hasta lo más alto te adentras.
Puedo desquebrajarme y dejarte caer
o mantenerme firme si eliges obedecer."
"¿Y qué he de hacer para salvar la vida?
¡Obedeceré a su mandato enseguida!"
"Abandona este monte, el que no volverás a escalar,
mas aquel bosque tampoco deberás cruzar.
En el valle de los mortales, allí vivirás,
para que a esta montaña nunca puedas olvidar."
que todos los montes del mundo subió.
Ésta era su pasión,
y era casi su definición.
Caminaba a todas partes,
buscando nuevos retos para superarse.
Caminaba y caminó,
hasta que un bosque muy profundo halló.
¿Qué será lo que este bosque esconderá,
que tan oscuro cubre lo que hay detrás?
De esta forma, el amigo de las montañas se apartó de la luz
y durante un indeterminable tiempo caminó recto,
tan recto como era su temperamento.
Ningún cansancio consiguióle invadir
cuando de nuevo la luz anunciaba su porvenir.
El final del bosque casi podía ya tocar
como recompensa de nunca haber mirado atrás.
Un hermoso valle encontró,
en otro mundo aterrizó.
Aquel lugar no aparecía en los mapas,
y podía contemplar, tras la llanura, una montaña.
¡La más grande que vieron sus ojos,
sin duda alguna, la más alta!
Y aunque en su falda ninguna fauna vivía,
su vegetación aumentaba con la altura.
Ya arriba, casi en la cima,
no había piedra, sino espesura.
"¡Por mi orgullo,
que esa montaña yo la subo!",
exclamó para sí.
Mas el milenario bosque que escuchó sus palabras,
quiso anunciarle lo que le esperaba:
"Ningún humano, aún fuerte y preparado,
puede llegar a su cumbre.
El aire es tan mortífero
que cualquier mortal sucumbe."
"En ese caso, bosque de sabiduría,
me detendré antes de la cima.
Aceptaré mis límites como humano,
sin por ello haberme defraudado."
Comenzó entonces, sin ninguna pausa dubitativa,
la escalada más importante que haría en su vida.
Gozoso, dejaba más y más roca detrás,
parecía fácil, no había dificultad.
En fin y al cabo, como él no había nadie más,
era el mejor escalador que hubo y habrá jamás.
Sin embargo, no era tan perfecta su virtuosidad,
cuando en una sola cosa podía pensar:
"Y es que, por más que me esfuerce,
no llegar hasta el final me estremece."
Aún cuando su razón decía:
"Estás haciendo lo mejor, subir,
la única dirección que te hará feliz."
Y así siguió el escalador el dictamen de su razón,
pues no encontró, ni pudiera, mejor elección.
A lomos esta carga mientras de arbustos se encarga,
el montañero siguió subiendo dominado por la montaña.
Ya cuando estaba rodeado de árboles enormes,
cuando sólo se respiraba el aroma de las flores,
como una plaga le invadió su tormento.
"Si la cima no alcanzaré,
¿hasta dónde llegaré?"
Tan distraído estaba en su preocupación,
que, con gran torpeza, con una piedra tropezó.
Tanto había subido, ¡y tanto le quedaba!
Su caída parecía que nunca terminaba.
Pero, para fortuna del desafortunado,
de una roca quedó enganchado por los brazos.
"¡Milagro!", bendijo, "¡Milagro!"
Mas la suerte aquí no había entrado,
la roca sólo cumplía su recado:
"Ante una bifurcación te encuentras,
tú que hasta lo más alto te adentras.
Puedo desquebrajarme y dejarte caer
o mantenerme firme si eliges obedecer."
"¿Y qué he de hacer para salvar la vida?
¡Obedeceré a su mandato enseguida!"
"Abandona este monte, el que no volverás a escalar,
mas aquel bosque tampoco deberás cruzar.
En el valle de los mortales, allí vivirás,
para que a esta montaña nunca puedas olvidar."
No me correspondas
Me abraza con fuerza y rompe a llorar. "No me correspondas", suplica, "No me correspondas".
- ¿Por qué dices eso?
- Te haré daño, no me correspondas.
- Sean cuáles sean las consecuencias, lo haré.
- ¿Por qué dices eso?
- Te haré daño, no me correspondas.
- Sean cuáles sean las consecuencias, lo haré.
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